Cuando empezamos a aprender a preparar cócteles, la técnica lo es todo.
Nos obsesionamos con cómo agitar con más fluidez, cómo lucir más elegantes o cómo remover con precisión y elegancia impecables. Pero después de años detrás de la barra, te das cuenta de algo: la técnica tiene un límite. Siempre que estés dispuesto a invertir suficiente tiempo, la memoria muscular y la estabilidad de todos eventualmente se equilibrarán.
En esa etapa, la brecha entre los buenos y los excelentes ya no radica en la habilidad técnica, sino en el juicio.

Por ejemplo, tomemos el mismo cóctel: ¿debería ajustarse según el estado de ánimo actual del cliente, la hora de la noche o el ambiente de la sala?
Al preparar un Martini, ¿deberías verter un poco más de ginebra esta noche para darle un toque más atrevido, o deberías ceñirte estrictamente a tu proporción estándar y familiar? La verdad es que no hay respuestas estándar.

O considera un turno caótico y de alto volumen: ¿cómo delegas tareas y controlas el ritmo de la sala? ¿Dónde necesitas acelerar y dónde debes mantener un ritmo constante? En estos momentos de alta presión, la técnica pura es inútil.
Aquí es cuando cambia la mentalidad. Ya no es una cuestión de "¿Puedo hacer esto?" sino más bien, "¿Debería hacer esto?". La diferencia entre ambos es monumental.

La técnica actúa como el vehículo para completar una bebida, pero es el juicio lo que dicta si esa bebida es realmente la adecuada para el momento.
Ser barman puede ser un oficio técnico, pero la fuerza que realmente separa al maestro de la multitud siempre será el poder del juicio.
—— YAM SING BAR
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